Música para camaleones (Capote, Truman)

Truman Capote se ha convertido en uno de mis autores favorito gracias, en parte, a esta preciosa colección de historias.

Después de un mes de exámenes viviendo al límite, ya estamos de vuelta con un montón de libros fantásticos que reseñar para estas Navidades.  Música-para-camaleones-dibujo

B38

 

Título: Música para Camaleones.

Autor: Truman Capote.

Editorial: Anagrama.

Número de páginas: 284

Valoración: ♥♥♥♥♥


Sinopsis de la editorial:

“Música para camaleones”, un libro que Truman Capote presenta como una obra de literatura documental, bucea con implacable lucidez en la poesía y el horror de la vida; es el espléndido resultado de una necesidad de comunicación directa entre lector y materia narrativa, que Truman Capote buscó febrilmente para conseguir una escritura «sencilla y límpida como un arroyo de montaña». Una prosa en la que pudiera mantenerse al margen del tema tratado, sin influir con su estilo, juicios y opiniones. En palabras suyas: hacer del lector un observador o, mejor aún, el testigo de una experiencia verdadera que, contada bajo tal óptica, resultará mucho más subyugante que si el autor la interpretase al modo clásico. El libro está dividido en tres partes. En primer lugar, seis breves piezas iniciales de magistral concepción y ejecución. Luego, una novela corta,”Ataúdes tallados a mano”, lleva a sus últimas consecuencias el enfoque testimonial de “A sangre fría” y relata la espeluznante historia de Quinn, un psicópata solipsista que se dedica a asesinar macabramente a los jurados que en un juicio han votado en su contra. Finalmente, siete Conversaciones y retratos, entre los cuales destacan el magistral texto en el que Capote acompaña a una asistenta en «un día de trabajo» limpiando domicilios, la estremecedora entrevista a un maníaco asesino recluido en San Quintín, la agridulce y famosa semblanza de Marilyn Monroe y, desde luego, el desgarrador autorretrato del autor y su imaginario gemelo, en el que afirmó: «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.»


Opinión personal:

Truman Capote es uno de esos autores que merece leer en versión original, si tienes la oportunidad. Escribe como si estuviera contándote un secreto en voz baja en una sala llena de gente, y sólo tú le escucharas.
Música para Camaleones se trata de una colección de catorce historias cortas maravillosas, para una tarde de frío, mantita y chimenea.
Sólo el prefacio ya merece la pena. En él, Truman Capote hace un repaso a su carrera como escritor; sobre cómo esta le ha llevado a escribir su obra final: Música para Camaleones. Este es el título de la primer historia de la recopilación. Le sigue Míster Jones – una de mis favoritas, y Una luz en una ventana.
Esta última es una de las más desconcertantes, por su perturbador final. Aquí dejo su versión reducida para los curiosos:

En una oportunidad fui invitado a una boda. La novia me pidió que viajará en auto desde Nueva York con otros dos invitados, un matrimonio de apellido Roberts, a quienes no conocía. Era un día frío de abril, y en el viaje a Connecticut esta pareja, de unos cuarenta años, me resultó agradable. No eran personas con quienes querría pasar un fin de la semana, pero era simpáticos.

Sin embargo, en la recepción se consumió una enorme cantidad de alcohol; yo diría que mis compañeros conductores del auto consumieron un tercio del total. Fueron los últimos en irse, como a las once de la noche, y yo me sentía preocupado al acompañarlos, pues sabía que estaban borrachos. Lo que no sabía era cuán borrachos. Habríamos hecho unos treinta kilómetros. El auto avanzaba tortuosamente mientras Mr. y Mrs. Roberts se insultaban de la manera más extraordinaria, en un diálogo digno de ¿Quién le teme a Virginia Woof? Comprensiblemente, en un momento dado Mr. Roberts se equivocó en una curva y fuimos a parar a un oscuro camino de campaña. Empecé a pedirles, a rogarles, que detuvieran el auto y me dejaran bajar, pero estaban tan absortos en sus vituperios que me ignoraron. Finalmente el auto se detuvo (temporariamente) al rozar un árbol. Aproveché la oportunidad para abrir la portezuela y desaparecer en un bosque. Después de un rato el maldito vehículo reanudó su marcha, dejándome solo en medio de la helada oscuridad. Estoy seguro de que mis amigos no me echaron de menos, y Dios sabe que yo tampoco.

Sin embargo, no me hacía muy feliz quedarme desamparado en ese lugar en una fría y ventosa noche. Eché a andar con la esperanza de llegar a una carretera. Después de media hora, no había visto ni signos de vida. De repente, junto al camino, vi una casita de madera con un porche y una ventana iluminada por la luz de una lámpara. Me dirigí de puntillas, subí al porche y miré por la ventana. Había una mujer vieja, de suave pelo canoso y rostro redondo y agradable, sentada junto a un hogar encendido, leyendo un libro. Había un gato acurrucado sobre su falda, y varios otros dormitando a sus pies.

Llamé a la puerta, y cuando me abrió le dije (me castañeaban los dientes):

-Lamento molestarla, pero he tenido una especie de accidente y querría usar su teléfono para llamar a un taxi.

– Que lástima –dijo sonriendo-, pero no tengo teléfono. Soy demasiado pobre. Pero entre, por favor.-Al pasar a la tibia habitación, me dijo:- Dios mío, muchacho, esta helado. ¿Puedo darle un café? ¿Una taza de té? Tengo un poco de whisky que dejó mi esposo…murió hace seis años.

Le dije que un poco de whisky me vendría muy bien.

Mientras lo servía me calenté las manos en el fuego y examiné la habitación. Era un recinto, ocupado por seis o siete gatos comunes, de pelajes de variados tonos. Miré el título del libro que leía Mrs. Kelly (ése era su nombre, como me enteré luego). Era Emma, de Jane Austen, una de mis autoras favoritas.

Cuando regresó, con un vaso con hielo y una polvorienta botella de bourbon, me dijo:

-Siéntese, siéntese. No tengo visitas muy a menudo. Claro, tengo mis gatos. De todos modos, ¿quiere quedarse a dormir? Tengo un hermoso cuarto de huéspedes que hace años nadie ocupa. Mañana puede caminar hacia la carretera y alguien lo llevará a la ciudad, donde encontrará un mecánico que le arregle el auto. Está a unos ocho kilómetros.

Le pregunté cómo podía vivir tan aislada, sin auto ni teléfono. Me dijo que su buen amigo, el cartero, se encargaba de sus compras.

-Albert. Un amigo tan querido, tan fiel. Pero se jubilará el año el año que viene. Entonces no sé qué haré. Pero ya surgirá algo. Tal vez un nuevo cartero que sea amable. Dígame, ¿qué clase de accidente tuvo?

Cuando le explique lo que había sucedido realmente, dijo indignada:

-Hizo muy bien. Yo no subiría a un auto manejado por alguien que haya olido siquiera un poco de jerez. Así perdí a mi marido. Estuvimos casados cuarenta años, cuarenta felices años, y lo perdí porque lo atropelló un auto conducido por un borracho. De no ser por mis gatos…- Acarició un gato atigrado, color anaranjado, que ronroneaba en su falda.

Conversamos junto al fuego hasta que se me empezaron a cerrar los ojos. Hablamos de Jane Austen (“Ah, Jane. Mi tragedia es que he leído todos sus libros tanta veces que los sé de memoria”) y de otros autores admirados: Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov, De Maupassant. Tenía la mente clara y conversación variada. La inteligencia iluminaba sus ojos avellana igual que la lámpara que derramaba su luz sobre la mesita, a su lado. Hablamos de los duros inviernos en Connecticut, de los políticos, de lugares distantes (“Nunca he estado en el extranjero, pero si tuviera oportunidad iría a África. Muchas veces he soñado con las verdes colinas, el calor, las hermosas jirafas, los elefantes por todas partes”), de la religión (“Por supuesto que fui católica de niña, pero ahora, casi me apena decir que tengo una mentalidad amplia. Debe ser por tantas lecturas”), la jardinería (“Cultivo todas las verduras que consumo, y también las envaso, por necesidad”). Finalmente:

-Discúlpeme por charlar tanto. No sabe el placer que me causa. Pero ya es tarde. Por lo menos, para mí.

Me llevó arriba, y me acosté cómodamente en una cama matrimonial, bajo una buena cantidad de edredones hechos de retazos. Entonces ella volvió, para darme las buenas noches y desearme buenos sueños. Me quedé despierto, pensando. Qué experiencia excepcional ser una mujer anciana y vivir sola en el medio de la nada. De repente, un desconocido llama a su puerta en la noche, y no sólo le abre, sino que lo hace pasar, le da la bienvenida y le proporciona alojamiento. De haber estado yo en su lugar y ella en el mío, dudo que yo hubiera tenido el valor, y mucho menos la generosidad, de hacerlo.

A la mañana siguiente me dio el desayuno en la cocina. Café y bizcochos calientes y crema en lata, pero tenía hambre y me pareció delicioso. La cocina era más vieja que el resto de la casa. La heladera hacía ruido y todo parecía a punto de fenecer, excepto un aparato bastante moderno, metido en un rincón: una congeladora.

Ella no dejaba de conversar:

-Me encantan los pájaros. Me siento tan culpable de no tirarles migajas en el invierno, pero no puedo permitir que se acerquen a la casa. Por los gatos. ¿Le gustan los gatos?

– Si. Tuve una siamesa llamada Toma. Vivió hasta los doce años, y viajamos juntos a todas partes. Por el mundo. Cuando murió no quise tener otro.

-Entonces tal vez entienda esto-dijo, llevándome hasta la congeladora y abriéndola. Adentro no había nada más que gatos: pilas de gatos congelados, conservados perfectamente. Docenas de gatos. Sentí algo extraño.-Todos mis viejos amigos. Que se han ido. No puedo perderlos. Del todo. Río, y dijo:-Supongo que pensará que estoy un poco chiflada.

Un poco chiflada. Sí, un poco chiflada, pensé mientras caminaba bajo el cielo gris en dirección a la carretera, tal como me había indicado. Pero radiante: una luz en la ventana.

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Después de Una luz en una ventana, Capote incluye Mojave – otra historia que me encanta a pesar de ser completamente distinta al resto. Las dos siguientes, Hospitalidad y Deslumbramiento son las que menos me gusta, pero no dejan de ser fantásticas.

Sin embargo, si hay una verdadera joya en el libro, esta es Ataúdes tallados a mano.  Se trata de una mini novela de no ficción en la que se narra un asesinato y su consecuente investigación al estilo de A Sangre Fría.

Este relato marca un punto de inflexión en la novela, en el que te das cuenta de que, efectivamente, este es uno de los mejores libros que has leído en mucho tiempo. Truman Capote, genio de la crónica periodística del crimen americano (con toques psicológicos y sensacionalistas), narra en este capítulo una serie de asesinatos acaecidos en 1975.

Los crímenes generan tanto desasosiego en el lector como el presunto asesino, Quinn. El hecho de que los asesinatos sean reales los hace aun más impactantes – y vivimos la investigación desde el punto de vista de Capote, que participa en la investigación a partir de la invitación de un policía amigo suyo. Lo más inquietante que pretende transmitir Capote es que, a diferencia de Dick Hicock y Perry Smith de A Sangre Fría, los crímenes de Quinn quedan impunes.

Es en este relato donde Música para Camaleones se convierte en una joya. Todo el relato está constituido a base de relatos – lo que le da un toque cinematográfico a la historia.

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El final del libro lo constituyen siete Coversaciones y Retratos, en los que Capote nos presenta a un personaje por medio de diálogo entre él mismo y dicha persona. Así conocemos a Mary Sánchez, una entrañable asistenta a la que acompañamos en Un día de trabajo. También Hola, desconocido, un retrato un tanto extraño de un viejo amigo del autor, que se ve envuelto en un malentendido tras haber recibido un mensaje en botella. Jardines ocultos e Intrepidez no terminaron de convencerme… pero Y luego ocurrió todo es, sin embargo, otro de mis favoritos.

En este relato, Truman Capote se entrevista con el convicto Robert Beausoleil, un asesino psicópata parecido a Quinn y a los protagonistas de A Sangre Fría. Preso por haber matado brutalmente a un músico en Los Ángeles, Beausoleil acepta ser interrogado por capote – y en un diálogo más que interesante, confiesa haberle matado porque “tenía que ser así”.

El relato se convierte así en un retrato de un ser completamente amoral e incomprensible. Es sorprendente cómo Capote parece entenderles cuando reproduce sus diálogos y por ello, no es de extrañar que Capote tuviera a algunos de sus más grandes admiradores entre los muchos criminales a los que estudio. Beausoleil le pide que le hable de algunos de ellos y el escritor recuerda que conoció a los asesinos de los Kennedy – Lee Harvey Oswald y Sirhan B Sirhan, respectivamente – y a los dos Kennedy asesinados.

Una hermosa criatura fue una sorpresa para mí, pues desconocía que Truman Capote hubiera mantenido una amistad con Marilyn Monroe.

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El lirismo de este retrato de Marilyn Monroe subraya la admiración que Capote sentía por Marilyn. Durante todo el relato, se ve claramente que Capote tenía a Marilyn idealizada, y la despedida que marca el fin de su conversación es realmente preciosa.

Finalmente, Vueltas nocturnas constituye un soliloquio del autor en el que dos hermanos siameses (que representan al autor) confiesan sus secretos en la oscuridad:

Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.

Música para Camaleones merece mucho mucho la pena, sobretodo por la variedad y la delicadeza de sus relatos. Cada uno te deja con un sabor de boca distinto – pero todos son inolvidables. Me quedo con el suspense y el secretismo que transmite Capote, que se percibe aquí tanto o más que en su célebre Desayuno con Diamantes o A Sangre Fría.

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